La fórmula: Por qué Una batalla tras otra y Sinners eran apuestas seguras para el Oscar

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¿Hay sorpresas en la entrega de los Oscar, el mayor premio del mundo del cine?, ya hace mucho que no, lo que puede variar es que una favorita a doce estatuillas no se lleve todas, y quizás apenas un par, pero todo es demasiado previsible y, por lo general, las galardonadas no suelen ser para tanto, si se considera, claro, que la contundencia de una película debería ser incontrastable para aspirar a ese reconocimiento. Pero son los Oscar, y ese premio de la industria de Hollywood nunca se aparta de razones ideológicas de conveniencia, que de algún u otro modo responden a un estado de cosas actual de Estados Unidos.

Y además, prevalece un sentido que no sonaría demodé llamar “políticamente correcto” o marcado por las habituales polémicas que trascenderían lo artístico –deslindando el carácter político que tiene toda acción artística–, por lo que las premiadas de la edición 2026 responden más o menos a esas consignas. Dos de las que se llevaron más premios son películas que pueden verse y entretienen, pero para quienes buscan algo más del cine, una visión que permita disfrutar y al mismo tiempo ofrezca nuevas aristas sobre el fenómeno tratado –cualquiera sea su enfoque o género–, se quedarán con las ganas. A continuación van unas líneas sobre lo que ofrecen cada una y su relación con los premios obtenidos.

Así, esta 98° edición de los Oscar premió a Una batalla tras otra como mejor película y como mejor director a su realizador, Paul Thomas Anderson, título que también recogió el galardón a mejor actor secundario para Sean Penn; el de mejor guion adaptado, nuevamente de una novela de Thomas Pynchon, Vineland, ya que antes Anderson llevó al cine Inherent Vice (titulada aquí Vicio propio, 2014, del mismo escritor); el de mejor montaje para Andy Jurgensen y mejor casting para Cassandra Kulukundis. ¿Valen los Oscar que ganó Una batalla tras otra? Sí, si la situamos en lo que premian los Oscar: una esforzada estructura narrativa (descollante por cierto) y un eficaz despliegue de la acción, puesto que no es otra cosa que un film de acción, con algunos pequeños aciertos en la pintura de los personajes (están mucho mejor en la novela, hay que decirlo) y un equilibrado dominio de la puesta en escena.

El jefe de la patota parapolicial de Trump conocida como ICE, Gregory Bovino, quien lideró sangrientos operativos contra migrantes en Mineápolis y Los Ángeles, parece inspirado en el coronel Steven Lockjaw, el obsesivo y grotesco comandante –un alucinado e intempestivo Sean Penn– que persigue hasta las últimas consecuencias a Bob Ferguson, el líder de conspiraciones subversivas en los años 60 que ha vuelto al ruedo y aquí encarna Leonardo Di Caprio.

A diferencia de la mayoría de títulos anteriores de Anderson, este tiene algunas dosis de humor que se manifiestan siempre de modo algo absurdo –tal vez más cercano en ese sentido a Vicio propio– y un desarrollo narrativo más lineal o menos enrevesado. Claro que este formato entraña algunas cuestiones que atentan contra la verosimilitud, y cuando se pretende dar fe de situaciones que atañen a una realidad concreta –porque esa y no otra es la pretensión de Una batalla tras otra– y las ponen a funcionar en un contexto imposible de identificar, casi utópico, cualquier efectividad desaparece porque todo luce desdibujado.

La historia podría funcionar muy bien en un comic, pero esta es una ficción cinematográfica y hasta lo que resultaría como un guiño a la resistencia, en una instancia donde los migrantes son cazados como presas con recompensa y un todopoderoso latino los apaña y defiende, cae en un remedo de una realidad imposible de masticar, de tono levemente fantástico –porque nunca se ve a un gobierno disponiendo tal cosa, sino solo a una pandilla de supremacistas afiebrados por liquidar latinos y negros–, pero como se dijo, esta es una propuesta viciada de demasiado realismo como para permitirse esos desvíos. Lo que pretendía ser una aguda crítica a la política antiinmigratoria trumpista deviene un gesto inocuo, ni distópico ni utópico, como le hubiera gustado a Pynchon.

Pecadores redimidos

Sinners (Pecadores, Ryan Coogler), la otra gran ganadora resultó una especie de revelación ya que es un relato de vampiros –pocos con esta temática consiguieron estatuillas en ediciones anteriores– con una historia que desarrolla el fantástico y el drama apoyándose en la puja racista en Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX. La excusa son dos hermanos gemelos negros que vivirán una serie de vicisitudes a partir de enfrentar ciertas fuerzas oscuras donde hasta tiene gran protagonismo el temible  Ku Klux Klan. Michael B. Jordan encarna el personaje principal por partida doble (él mismo personifica a ambos hermanos) y por ello se llevó el Oscar a mejor actor principal; también su director Ryan Coogler consiguió el de mejor guion original por la escritura de esta historia, y, nada menor, el de mejor fotografía para Autumn Durald Arkapaw, que explora con óptimos resultados los clisés del cine de terror.

Ambientada en Mississippi de los años 30 durante la ley seca, Sinners tiene un ritmo vertiginoso acorde a propuestas bien contemporáneas del género, pero a poco de transcurrir todo se vuelve bastante previsible, los meandros del drama racial son cooptados por la explosión sangrienta de la sed vampírica, puesta, claro, en las fauces de los racistas blancos que infectan cuanto negro se les cruce. Además, la lupa sobre el conflicto entre los hermanos, es decir, la grieta sobre su relación fraternal y ética, que parecen ser el eje sobre el que se mueve todo, acaba por desplazarse hacia la historia de otro joven negro, sobre quien se acentúa el carácter redentor y sacrificial que adquiere su personaje, y nunca queda claro qué es lo principal para Coogler.

Acá podría hacerse un paréntesis con el premio a la mejor banda sonora original para Ludwig Göransson, que pone de relieve los considerandos del surgimiento del blues y que además no solo está utilizada como soundtrack, sino que funciona como un componente primordial que acompaña las luchas de la comunidad afroamericana, casi como una herencia cultural rítmica. Coogler supo valerse del mito del alma vendida al demonio, un tema recurrente en el imaginario blusero negro desde Robert Johnson en adelante.

Por lo demás, Sinners cumple, pero solo como un relato fílmico menor, técnicamente impecable y con gran ampulosidad visual, sí, aunque de poco vuelo. Los Oscar conseguidos están en sintonía con su enfoque, que integra música, mitología y elementos sobrenaturales dentro de un contexto histórico donde el racismo se expone en toda su crudeza. El asunto es que un siglo después las matanzas de negros mediante el gatillo fácil y la cacería de negros, ahora con los comandos parapoliciales, continúa. Con estas premiaciones, la conciencia de los votantes siempre queda un poco más tranquila.

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